Onte 1739: Memoria dos fusilamentos do 27 de agosto

Fusilamentos_27_agosto_Evaristo_Pereira

Moito agradezo ao meu amigo o ilustrador Evaristo Pereira o seu esforzo para que o oitenta aniversario dos fusilamentos de Pereiró non pasase desapercibido en Vigo. A súa estremecedora ilustración elexiaca, os textos que publicou Faro de Vigo e o magnífico e deatalladísimo artigo de Xoán Carlos Abad, presidente do Instituto de Estudios Vigueses, reconstruíron o relato dunha ignominia que aínda non foi reparada. Alédome, tamén, que como ven sucedendo nos últimos anos, as autoridades do concello de Vigo participasen nos actos de homenaxe aos mártires de Pereiró, abrindo así unha fenda no muro de silencio sobre o sucedido na mencer do 27 de agosto de 1936. Só o coñecemento da verdade poderá pechar un dos capítulos máis negros da represión fascista en Vigo.

Onte 1736: Casal, editor galego moderno

Anxel-Casal-Publicidade-de-Nós-1933-Únome á lembranza que a Asociación Galega de Editoras fixo onte de Ánxel Casal con morivo do oitenta aniversario do seu asasinato. O editor, libreiro, impresor, tamén alcalde de Compostela, foi cuneteado en Cacheiras o 18 de agosto de 1936, o mesmo día que tamén o fora en Víznar Federico Garcia Lorca, autor dos Seis poemas galegos que Casal publicara un ano antes. Destino tráxico que o editor galego e poeta andaluz comparten na nosa memoria como referentes da dignidade fronte á barbarie fascista, mais tamén como construtores do futuro sobre os alicerces chantados pola cultura,os libros e a palabra.

Casal foi o primeiro editor galego moderno, capaz de crear un catálogo editorial na nosa lingua, primeiro na editorial Lar (1924), máis tarde na editorial Nós (1927), onde desenvolveu o proxecto editorial fulcral para a cultura galega do século XX. Co apoio da súa compañeira María Miramontes (outra figura, até agora, invisibilizada), Casal asumiu o papel do editor moderno como o de soporte e canle para a creación artística, como activista político da lingua e da causa galega, como aglutinador de vontades diversas do galeguismo, mais tamén como creador vangardista capaz de abrir vieiros inexplorados para a nosa cultura. Filosofía do proxecto editorial de Nós que Casal resumía, como recolleu Alfonso Mato, de xeito ben sinxelo:

«Pubricar todas aquelas obras que estando escritas na nosa fala contribuian de calquer xeito ao seu máis grande uso sin perder o tempo en disquisicións literarias inuteis. Nós pensa e así o praitica, que hoxe en galego hai que escribir de todo e para todos.»

Consonte a esta concepción editorial expansiva, sempre atento ao que pasaba no mundo, Casal pretendeu ampliar o público para o libro galego do seu tempo, ensaiando novos formatos de edición, utilizando a publicidade e as suscricións como as súas mellores ferramentas.

Figura poliédrica na sociedade do seu tempo, de quen Castelao dixo «que fixo máis que todos nós» pola causa galega, Ánxel Casal non recibiu, aínda, o recoñecemento que merece.

Onte 1726: Dúas entrevistas profesionais

olivarApareceron publicadas onte na rede dúas entrevistas profesionais que arquivo agora no blog. A primeira fíxoma a xornalista Débora Campos para que formase parte do monográfico que sobre Manuel Rivas publicado no número 24 de Olivar, revista científica semestral de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de la Plata. A segunda forma parte do capítulo dedicado ás industrias creativas en Galicia do Informe económico e de competitividade Ardan Galicia 2016. Atrévome a recuperar o texto da longa entrevista de Débora Campos na que aventuro un balance do traballo de Xerais nestas últimas dúas décadas e falo da nosa relación con Manuel Rivas. A miña gratitude a Débora pola súa xenerosidade en convidarme e recoller o meu testemuño.

Como director general de Edicións Xerais de Galicia desde 1994, Manuel Bragado, nacido en Vigo en 1959, es la cabeza de un pequeño equipo que lleva más de tres décadas asistiendo, como espectador realmente privilegiado, a la construcción de un “clásico contemporáneo”. Si el talento literario y la voluntad de trabajo son individuales, la obra de un escritor reconocido a nivel mundial, como lo es Manuel Rivas, no se entiende sin la intervención de varias personas.

Es difícil escribir una entrevista en torno a Rivas y que el texto se mantenga actualizado. Cuando esta entrevista comenzó a traducirse, el autor coruñés nacido en 1957 venía de ganar el Premio de la Crítica en lengua gallega por su novela O último día de Terranova (Xerais 2016). Sin embargo, algunas horas más tarde, requirió algunos cambios, porque en la noche se había transformado, además, en uno de los distinguidos en la I Gala do Libro Galego, por la Asociación de Escritores e Escritoras en Lingua Galega (AELG), por la Asociación Galega de Editoras y por la Federación de Librarías de Galicia.

En cada una de estas ceremonias, el autor de O lapis do carpinteiro y de Os libros arden mal estuvo acompañado por Manuel Bragado, su editor desde hace más de veinte años. Esta entrevista con Manuel Bragado permite asomarse al universo creativo de Manuel Rivas, a su trabajo con las palabras, a la evolución de su escritura y a la afirmación de una obra generosa y reconocida por los lectores y la crítica. Una ventana, además, al mundo de la edición en Galicia, el país de Rivas, que también explica al propio autor.

Débora Campos: Usted viene de una formación en Ciencias de la Educación y de hecho fue docente de niños pequeños y en escuelas primarias. Recordando al muchacho que era cuando eligió esa carrera, ¿por qué definió en aquel momento esos estudios y qué imaginaba cara al futuro para su vida profesional?

Manuel Bragado: Estudié Pedagogía y a los 23 años aprobé un concurso público de profesor de Educación Infantil de la Consellería de Educación. Desde entonces, formé parte del movimiento de renovación pedagógica Nova Escola Galega, que promueve la galleguización educativa, la defensa de la escuela pública y la innovación didáctica. Mi primer contacto con el mundo de la edición se produjo por esa vía, la de participar en la elaboración de materiales didácticos para la enseñanza en idioma gallego, misión que asumió Edicións Xerais de Galicia desde su creación en 1979.

Sin embargo, mi vínculo directo con la editorial se produjo a partir de 1986 cuando Xerais comenzó a publicar la Revista Galega de Educación, medio trimestral de Nova Escola Galega, en la que asumí, primero, la responsabilidad de la secretaría del consejo de redacción, y más tarde la dirección de la revista. El hecho de que colaborasen con la editorial buenos amigos míos como los escritores Agustín Fernández Paz, en aquel entonces coordinador de la serie de libros escolares de lengua gallega de la Educación Xeral Básica, o el propio Víctor F. Freixanes, que asumió la dirección de Xerais en 1988, estrecharon los lazos y los afectos con el personal de la editorial que visitaba todas las semanas.

Ni siendo estudiante universitario ni tampoco siendo maestro de jardín de infantes imaginé que dedicaría mi vida profesional a la edición en gallego. Por supuesto, no puedo negar ni mi afecto por los libros ni mi compromiso con el idioma gallego (como neo hablante que soy desde 1975), ni tampoco por la lectura ni por la escritura, ni mi interés por la edición educativa, actividades que llevan ocupando mi vida desde la adolescencia.

D.C.: Incluso como docente y antes de desembarcar de lleno en el universo de la edición, usted comenzó a publicar artículos en los medios de prensa y también a crear y editar un suplemento dedicado a la enseñanza. ¿Cómo llegó a esas actividades y qué fue lo que le resultó interesante de ese espacio de comunicación que de hecho no ha abandonado hasta el día de hoy?

M.B.: Formo parte de una generación de maestros y de maestras que creemos en el sueño de una nueva escuela gallega, en la que la lengua vehicular fuera la lengua gallega y donde el aula o el centro educativo todo fueran un espacio de construcción activa del conocimiento. Innovación didáctica y galleguización fueron ideas que fuimos tejiendo en un mismo retazo.

Durante la década de 1980, coincidiendo con el desarrollo de la Autonomía de Galicia y el reconocimiento institucional de la lengua gallega, también en el sistema educativo, le dimos mucha importancia a publicitar estas ideas nuestras. Aprovechamos los espacios que nos dejó el diario Faro de Vigo en el suplemento educativo llamado “A pizarra” y en el infantil titulado “O pizarrín”, que coordinaba Xosé Antonio Perozo (actual presidente de GALIX). En octubre de 1983 publiqué mi primer artículo en Faro de Vigo, sobre el papel de los municipios en la actividad educativa, un tema que siempre me interesó. De los primeros consejos de redacción de aquellos suplementos del diario Faronació la célula de la que surgiría la Revista Galega de Educación, en la que participé junto a Antón Costa Rico, Miguel Vázquez Freire, Rafael Ojea Pérez y Luís Otero. Luego lo intentamos en los medios del grupo La Región, con Atlántico na escola, en el que utilizábamos una fórmula semejante: publicitar experiencias innovadoras en las aulas o en las escuelas, abrir debates sobre temas educativos de interés para la comunidad educativa (tanto los docentes como las familias) y visibilizar recursos didácticos, sobre todo libros de una literatura infantil y juvenil que comenzaba a emerger lentamente.

De los grandes esfuerzos de aquel período, entre 1983 y 1990, del reconocimiento del gallego a la reforma educativa de la LOXSE (la más importante del período democrático, que extendió la escolaridad obligatoria hasta los 16 años), estoy muy orgulloso de haber participado en aquello de forjar el primer modelo de normalización lingüística para la enseñanza, basado en la doble competencia en gallego y en castellano que todos los alumnos deberían poseer al terminar la escolarización obligatoria. Fue un esfuerzo que promovimos desde el grupo de galleguización de Nova Escola Galega, del que también formaban parte gente como Agustín Fernández Paz, Xosé Lastra Muruais o César Yáñez, que se cristalizó después en una plataforma de profesorado más amplia y que fue asumido, años más tarde, como modelo por la propia Administración Educativa y refrendado por el consenso de todos los grupos políticos y sociales que apoyaron el Plan Xeral de Normalización da Lingua Galega de 2004. Me sentí siempre comprometido en contribuir a forjar acuerdos transversales capaces de superar la enfermedad del sectarismo que tanto daño le lleva hecho a la lengua y a la cultura gallegas.

D.C.: ¿Cómo fue que llegó a Xerais en el año 1990? Y algo más: ¿cómo era Xerais en aquellos años dentro del panorama de la edición en Galicia?

M.B.: Como todas las cosas que a uno le cambian la vida, fue por una carambola. Cada vez que teníamos en Xerais una reunión de seguimiento de la edición de la Revista Galega de Educación, Víctor Freixanes, que acababa de incorporarse a la editorial como director, me insistía en la posibilidad de que me incorporase como editor en su nuevo equipo. El hecho de que durante el ciclo lectivo de 1988/1989 me hubieran asignado trabajo en Bande, en la provincia de Ourense, enfrió aquella propuesta. Sin embargo, cuando regresé el año siguiente a mi escuela de Camos, Freixanes volvió a insistir. Xela Arias, la editora literaria de Xerais, después de una enfermedad, abandonó la editorial con la intención de recuperar sus estudios. Y así fue que acepté, con el año escolar comenzado en octubre de 1990, pedí una licencia de dos años para ocuparme de la edición de los materiales didácticos de aquella reforma educativa del ministro José María Maraval. Y acá sigo hasta hoy.

En 1990 Xerais ya era líder de la edición gallega, tanto en el nivel educativo como en la edición literaria. Tras las direcciones de Xulián Maure, también fundador de la editorial, y de Luís Mariño, la editorial contaba con un proyecto sólido que profesionalizó y modernizó la edición en gallego, tanto en lo que refiere a las relaciones con los autores (pagando los correspondientes derechos de autor), como a las características del producto y al diseño de un catálogo que superaba los 300 títulos. Mariño creó el Premio Xerais de novela en 1984, publicó en 1986 el Dicionario Xerais da Lingua (desde entonces, obra esencial en el catálogo) y utilizó la televisión para publicitarlo con un anuncio encargado a la agencia Contrapunto, algo extraordinario en la historia del libro en Galicia. Fue Mariño, también, el editor de los primeros títulos de dos narradores, en aquel momento muy jóvenes, Manuel Rivas (Todo ben, 1985) y Suso de Toro (Polaroid, 1986).

Con la dirección de Freixanes, el catálogo se diversificó, se abrieron nuevas colecciones (Biblioteca das Letras Galegas, Crónica, Grandes do Noso Tempo), se intensificó el desarrollo de otras (Narrativa, Merlín, Xabarín, Universitaria), se crearon nuevos productos (Axenda Xerais, fotobiografías), se modernizó el diseño de las portadas y la propia marca de la mano del grupo Revisión. Pero y sobre todo, con Freixanes comenzó en Xerais la revolución de la autoedición y la incorporación de la informática a los procesos de creación editorial. Se amplió el organigrama de personal y aumentó de forma significativa el número de títulos editados, más de un centenar por año. Xerais se consolidó como indiscutible líder educativo en gallego y referente de la edición tanto infantil como literaria.

Aquellos primeros años de la década de 1990 fueron unos hermosos días de entusiasmo, donde el cambio del proceso de edición estimulaba a la creación del libro. Desde entonces comenzamos a intentar muchas cosas, abrir caminos inexplorados para el libro gallego: el de la literatura de género (negra, erótica, de aventuras…); el de los primeros libros acompañados de un casete como soporte de audio (“Vouche contar un conto”); el de la itinerancia por Galicia toda de los Premios Xerais; el de la publicación de una revista trimestral de novedades (Novidades Xerais)…

D.C.: Desde el año 1994, usted es el director general de la editorial. ¿Cuáles diría que son las causas de estos más de 20 años llevando el timón de una de las dos editoriales más importantes de Galicia?

M.B.: Asumí la dirección a comienzos de 1994, también, por otra carambola. Víctor Freixanes, nuestro director, fue nombrado director general de una de las divisiones del Grupo Anaya y de la propia Alianza editorial. Si después de veinte años continúo siendo director de Xerais es gracias al apoyo con el que conté por parte de las diversas direcciones del Grupo Anaya y, sobre todo, del equipo de profesionales de la editorial al que me debo. En este período vivimos momentos felices, pero también dificultades y decepciones. Desde 1994, publicamos casi 3.500 títulos, superamos los once millones de ejemplares vendidos, contamos en catálogo con más de mil autores y autoras (de muy diversas generaciones), nuestros libros, autores y autoras obtuvieron algunos de los más importantes premios (entre ellos diez nacionales, varios a los mejor editados del Ministerio de Cultura, varias docenas de premios de la crítica, Losada Diéguez, Lazarillo, IBBY…), publicamos algunas grandes obras (como el Gran Dicionario Xerais da Lingua), nos incorporamos a la revolución de internet de forma pionera hace ya veinte años, desarrollamos un catálogo digital de casi 300 títulos… Particular importancia tuvo la consolidación de los Premios Xerais, en tres modalidades, que convocamos de forma ininterrumpida. Sus jurados de lectores y lectoras, su itinerancia por el país hasta que en 2005 se afincaron en la Isla de San Simón, como la participación de 300 personas en la ceremonia de dictamen continúan siendo características muy singulares. Pero también dimos pasos atrás, sobre todo en materia educativa, donde nuestros libros de texto casi desaparecieron de las aulas del nivel Primario, y además menguaron en las de Educación Infantil (una etapa esencial que cuidamos todo lo que podemos). No olvido que la parte más decisiva del currículum de un editor es la de sus fracasos, ya que son los que impiden continuar publicando.

D.C.: Dos décadas después de su llegada a Xerais, ¿cuáles piensa que son –al día de hoy– las transformaciones más claras que su trabajo imprimió en la editorial?

M.B.: Nuestro equipo trató de desarrollar con todas las consecuencias el proyecto de modernización del libro gallego, en el marco del proceso de normalización que se estaba dando en las áreas de la lengua y la cultura gallegas. Seguimos la huella de los proyectos de Maure, Mariño y Freixanes completando muchos huecos del catálogo, priorizando el desarrollo del canal paraescolar, en las líneas de libro de texto, diccionarios y literatura infantil y juvenil, en las que obteníamos alrededor de un 60 % de nuestra facturación. En el primer año, abrimos ya la colección Fóra de Xogo de literatura juvenil, que capturó las preferencias de este subgénero, al que no fue ajena la existencia de un grupo de autores y autoras irrepetibles (Agustín Fernández Paz, Xabier DoCampo, Fina Casalderrey, Marilar Aleixandre, Miguel Vázquez Freire, Antón Cortizas…), a los que conocemos hoy como “Xeración Lamote”. Creamos nuevas colecciones infantiles (Sopa de Libros, Xabaril) y una línea específica de recuperación de la literatura gallega de tradición oral (Cabalo buligán). En todas estas colecciones apostamos por el desarrollo del sector de la ilustración en Galicia y abrimos la revista infantil Golfiño (un fracaso doloroso). Tuvimos presente siempre la importancia del comic, tanto del traducido como del de autores propios.

A lo largo de estas dos décadas, insistimos en conformar un catálogo de diccionarios, asumiendo la edición de una gran obra de más de 100.000 entradas y de una serie de diccionarios bilingües y especializados (sinónimos, ortográficos, nombres…). En el ámbito de la edición literaria, en los ‘90 abrimos nuevas colecciones (Ferros, Ablativo Absoluto e Abismos) con la intención de incorporar autores y autoras nuevas y dar un nuevo estímulo generacional a la edición de poesía y narrativa. Editamos una nueva colección de bolsillo con la intención de proporcionar a un precio accesible títulos clásicos de ficción y obras canónicas del pensamiento traducidos al gallego. Dentro de esta colección confiamos a la escritora María Xosé Queizán la serie “As literatas” y promovimos la publicación de autoras en todas las colecciones.

Renovamos el diseño de la colección Narrativa, que coincidió con el número 145 (en la actualidad superamos el 400), ampliando el formato e intensificando el ritmo de publicación. Apostamos cada año por la publicación de nuevos autores y autoras, dedicando especial atención a la incorporación de narradoras, proceso que se consolidó sólo a partir del año 2000. Asumimos como criterio de esta colección la fidelización del autor en el catálogo de la colección, al que no fueron ajenas las incorporaciones que se fueron produciendo gracias al Premio Xerais de novela. Atendimos a la publicación de clásicos con las obras completas de autores de referencia como Ramón Cabanillas, Celso Emilio Ferreiro o Rosalía de Castro. Abrimos una colección específica de ensayo, con la intención de contribuir a la refundación del género en gallego. Apostamos por la recuperación de la memoria histórica en la colección Crónica, donde publicamos textos biográficos, memorialísticos y de actualidad. Nos comprometimos también en nuestro proyecto de recuperación de la memoria gráfica de las ciudades y villas gallegas, y la de edición de libros fotográficos.

Desarrollamos un proyecto autónomo de divulgación sobre temática gallega y conocimiento del país, que alcanzaba desde guías turísticas a obras de referencia en el ámbito de las ciencias naturales. Acabamos de abrir la primera colección de ciencia en gallego con la intención de continuar ganando lectores y lectoras para el idioma. Nos preocupó siempre la edición digital y desarrollamos algunos productos pioneros, como el CD de contenidos interactivos E falando de Fole. Durante el inquieto período de entresiglos, publicamos la revista Bravú, continuamos publicando cada año la Axenda Xerais(un referente de galleguización normalizadora) y recientemente calendarios en los que apostamos por la recuperación de la memoria fotográfica del país. Nunca nos conformamos con lo que hicimos en la búsqueda de un catálogo lo más dinámico y atractivo posible para públicos diversos.

Y, sobre todo, insistimos en visibilizar nuestros libros con la intención de ampliar sus públicos. El trabajo del departamento de promoción dirigido desde 1994 por nuestra compañera Celia Torres es esencial en esa difícil tarea. Llevar nuestras novedades literarias en gallego a la agenda pública en Galicia continúa siendo un desafío. Como también lo es la visibilidad en la propia librería y en el espacio bibliotecario. La mayor transformación de Xerais en estas últimas dos décadas fue esta intensa y continua labor de visibilización y dignificación del libro gallego. Un modo de activismo literario que nos llevó a organizar en el último año 225 actos públicos de presentación de libros, sin contar otro centenar de actividades en centros educativos.

Concebimos la edición como un diálogo con nuestro tiempo y con nuestra memoria literaria. Desde esa posición pretendemos diseñar nuestro desarrollo estratégico. Nos preocupa más cómo avistar el horizonte que recrearnos con la melancolía de nuestros sueños cumplidos o nuestros dolorosos fracasos. Hoy el mundo de la edición se hibridó, tanto por el carácter disruptivo del paradigma hipertextual como por la banalización de la cultura literaria. El desafío de nuestro proyecto es afrontar ese proceso de hibridación que afecta a todos nuestros tipos de edición, desde la educativa, donde está más adelantado, hasta la literaria, en el que solo afecta, por el momento, al soporte de la lectura de ficción.

D.C.: Podríamos trazar un paralelismo cronológico entre su carrera en Xerais y el desarrollo de la obra de Manuel Rivas. ¿Recuerda cómo y cuándo lo conoció y qué pensó en aquella ocasión, qué impresión le quedó?

M.B.: Conocí a Manuel Rivas por sus artículos en Teima, una revista en gallego que se publicó de 1976 a 1977, coincidiendo con mi primer año como estudiante universitario en Compostela. Admiro a Rivas desde entonces. Representó siempre el periodismo comprometido de nuestra generación de jóvenes nacionalistas y de izquierda. Comenzamos a tratarnos durante su estancia en Tui, donde su esposa era profesora de secundaria. Nunca olvidaré un encuentro en el local del PSG-EG, el partido en el que yo militaba, cuando le pedí ayuda para publicar una nota necrológica sobre un compañero que había muerto en un accidente automovilístico después de una de nuestras reuniones. “Murió con los brazos abiertos a la vida” me lanzó Manolo. Me quedó grabado de por vida. También recuerdo una presentación en A Coruña de Todo ben, su primera novela, en la que leyó “el manifiesto por un fútbol atlántico”, otro acto que por sus formas renovadoras me había impresionado mucho. Como recuerdo el impacto que me produjeron sus libros de poemas de los últimos ‘80, Mohicania y, sobre todo, Ningún cisne.

Cuando publicó en Xerais Narrativa Un millón de vacas (1989) yo aún no formaba parte del personal de la editorial. Comencé a editar sus textos a partir de Os comedores de patacas (1991), una novelita que por cierto tiene una dedicatoria genial: “A Toño que me presentó a su hermana”. Inolvidables genialidades de Rivas. A partir de entonces, fuimos acompañando a Manolo en su camino, con la discreción y el apoyo que dentro de nuestras posibilidades pudimos acercarle. Recuerdo los años ´90 como los del entusiasmo, tanto por lo que supuso el premio nacional con Que me queres, amor?, libro que editó en Galaxia, en aquel momento dirigida por Carlos Casares, como por la acogida brutal de O lapis do carpinteiro (1998), la novela con la que en un solo año vendimos más de 30.000 ejemplares y agotamos dos ediciones casi antes de llegar a las librerías, rompiendo así todas las marcas para el libro gallego contemporáneo. En la primera década del 2000, Rivas trabajó el imaginario narrativo que reunió en Os libros arden mal (2006), un libro monumental que desde entonces echa luz sobre toda su obra. Inolvidable aquella presentación en la Torre de Hércules, subiendo las cajas de un libro que tiene 700 páginas por las escaleras del monumento coruñés. Tanto Celia como Manolo y yo llegamos sin aire a la sala diminuta donde habló. En la actualidad, el desarrollo de la obra de Rivas ya es el propio de un escritor total, con presencia en todos los géneros, desde la narración a la poesía, el ensayo, hasta el teatro y la literatura infantil, donde conocimos a un Rivas feliz y entregado, contando y cantando en los encuentros con miles de alumnos, acompañado de Cé Pantasma, un hombre-orquesta, algo maravilloso.

Su entrada en la Academia Galega o su nombramiento como doctor honoris causa por la Universidade da Coruña o las más de treinta traducciones de O lapis do carpinteiro las vivimos con mucha satisfacción. Para el equipo de Xerais es una fortuna poder acompañar a Rivas desde hace tres décadas. Una relación permanente, que va mucho más allá de la publicación de cada nuevo libro. Una comunicación estimulante, pero que también nos obliga a mejorar la calidad de nuestros procesos y a inventar nuevas fórmulas de visibilización. Un privilegio, además, de contar con su amistad y apoyo.

D.C.: ¿Cuánto influye el rol del editor en la obra de un escritor como Manuel Rivas?

M.B.: Concibo que el papel del editor es acompañar y apoyar al autor cuando es necesario. A comienzos de los años ´90, Xerais ayudó a que Un millón de vacas fuera traducida en castellano por Ediciones B. Por ventura, cuando Rivas comenzó a publicar de forma estable en Alfaguara, se abrió un camino para las traducciones a otras lenguas. Recuerdo la edición de En salvaxe compaña (1994), una novela muy importante en su trayectoria, con la que Rivas tuvo siempre una espina clavada. Pienso que fue la primera obra de Rivas que corrigió Dolores Torres París, con la que desde entonces mantiene un diálogo muy fluido página a página, párrafo a párrafo, frase a frase. Una conversación sobre la fijación del texto que como editores nos parece esencial.

Todas las obras de Rivas, cuando llegan a la editorial, son un work in progress, abiertas a constantes modificaciones y mejoras que se introducen en el proceso de pruebas. En muchas ocasiones es el propio autor quien está al lado del diseñador de la editorial para indicarle las correcciones que debe incluir. Sé que en ese momento introduce nuevos cambios, que no tenía contemplados en las pruebas impresas que traía en la mano. Rivas pule y pule sus textos hasta el último momento, sometiéndolos a numerosas lecturas, muchas veces en voz alta. El papel del editor está en facilitar este proceso y armonizarlo con los calendarios de aparición comprometidos, lo que muchas veces no es sencillo.

Lo mismo sucede con las reediciones de las obras, que Rivas somete siempre a profunda revisión y, en algunos casos, incluso a una completa reescritura. De ese modo la edición de O máis extraño (2011) supuso una revisión de la totalidad de su obra cuentística. Algunos libros incluidos en este grueso volumen, como el pionero Un millón de vacas, fueron casi “reescritos” en su totalidad. Insisto, concebimos que nuestro papel como editores es mantener vivo y actualizado todo el catálogo del autor, aprovechando todas las oportunidades para visibilizarlo, como sucede ahora cuando estamos construyendo nuestro catálogo literario en formato digital.

D.C.: Concretamente, ¿podría usted recordar el recorrido de las conversaciones que suele tener como editor con Rivas? ¿Hace sugerencias? ¿Pregunta? ¿Cómo se trabaja con el autor?

M.B.: El resultado de las conversaciones de los trabajos de edición queda recogido en las diferentes pruebas de las maquetas que en el caso de Rivas guarda el propio autor. Consultándolas, los investigadores literarios del futuro podrán estudiar los cambios que el autor fue introduciendo. Rivas es minucioso en la fijación del texto y muy interesado en la ortotipografía. Es un autor que desciende al detalle, consciente de que eso también es importante para el resultado final. Algo que Rivas proyecta a la ceremonia de firma de libros, momento de contacto directo con los lectores en el que se demora mucho, con una generosidad desbordante. Recuerdo que desde Os comedores de patacas (1991) creó un modelo de marca gráfica para cada obra, en aquel momento era un carimbo creado con rebanadas de las propias papas. A Rivas le gusta enchastrarse las manos con tinta, sea en los cuadernos de tapa dura, donde trabaja los primeros materiales de los textos, sea en el período de corrección de pruebas o durante las firmas tras las presentaciones. En los tres casos sus manos expresan que concibe su trabajo de escritor como el de un artesano, yo diría como un orfebre de las palabras, que comparte con humildad su producto. En lo que refiere a la pregunta, diré que trabajamos mucho por teléfono en charlas largas y esporádicas. Sin embargo, en el momento de la edición, a Rivas siempre le gustó trabajar en la editorial y dedicar cuantas horas fueran precisas a esta tarea de revisión de las pruebas.

Por supuesto, Celia Torres, nuestra directora de promoción, dedicó muchas horas a trabajar con Rivas los elementos de promoción que acompañaron a algunos libros, desde el emblemático lápiz de carpintero, que acompañó a la novela homónima, el sobre y las postales de A man dos paíños (2000), pasando por carteles, señaladores, hasta el booktrailer de Os libros arden mal (2006), el primero de la historia de la literatura gallega, utilizado también como anuncio en la Televisión de Galicia, como la pulsera de Episodios galegos (2009). Otro tanto sucedió con la organización de los actos de presentación, una novedad para cada obra, fuera por el formato del acto o por el espacio elegido. Inolvidable fue la gira por toda Galicia de presentaciones de As chamadas perdidas (2002) en la que llenamos el Teatro Fraga de Vigo, con una capacidad de mil butacas. Las reuniones pioneras con libreros, que comenzamos a organizar con Os libros arden mal. Otro tanto sucedió más recientemente con la larga gira por colegios de Educación Primaria para presentar O raposo e a mestra (2013), acompañado de Cé Pantasma. Todo este trabajo de comunicación fue y sigue siendo muy exigente e intenso con la implicación constante por parte del autor y de nuestro departamento de promoción.

D.C.: Sin salir de aquellos años, usted como editor ¿podía ver en aquel momento el panorama que el propio Rivas tenía por delante como escritor y lo que significaría para la literatura gallega en el mundo? Y en relación con esto, los editores, de alguna manera, ¿siempre buscan a ese escritor que va a cambiar la historia?

M.B.: Nunca fui objetivo con Rivas, ya que mi admiración por él venía de lejos. A partir de la publicación en 1989, un año clave en su trayectoria como autor, de Ningún cisne, Un millón de vacas yGalicia, bonsai atlántico, no era difícil vislumbrar un gran futuro para su obra. En todo caso, fuimos concretando nuestras expectativas a medida que incrementábamos las tiradas de cada una de las primeras ediciones, que llegaron a los 12.000 ejemplares en alguno de los títulos posteriores a la publicación de O lapis do carpinteiro, una cifra importante en cualquier sistema editorial, y elevadísima en el mercado gallego.

Manuel Rivas es un clásico contemporáneo. Es innegable que su contribución fue y continúa siendo decisiva para ampliar el público de la literatura gallega y para visibilizarla en el mundo. El hecho de que su obra esté traducida a más de treinta lenguas, que sus novedades sean publicadas de forma habitual por las principales editoras literarias (Random House, Gallimard, Feltrinelli, Surkham…), o que sea reconocido y valorado por los medios internacionales, cambió la historia de la literatura gallega. Por supuesto, a pesar del éxito de Rivas, la literatura y la edición gallegas carecen de una estrategia de proyección internacional que permita un conocimiento y una fluidez del proceso de traducción a otras lenguas del que todavía carecemos. No es suficiente con estar presente de forma descontextualizada en ferias internacionales como Boloña, Frankfurt, Buenos Aires o Guadalajara. Precisamos de una Oficina del Libro y de la Literatura Gallega, como vengo proponiendo desde hace más de una década, que se ocupe de diseñar esta estrategia, compartida por todo el sector profesional del libro y por el gobierno de la Xunta de Galicia, y de ponerla en marcha a largo plazo. En esa nueva estrategia, contar con una figura como la de Manuel Rivas, ya conocida en muchos países, facilitaría mucho el lanzamiento del proyecto y de las posibilidades de conocimiento para otros autores y autoras de la literatura gallega.

D.C.: Al día de hoy, ¿cómo es el trabajo de edición con Rivas?

M.B.: Recuerdo como apasionante el proceso de edición de Os libros arden mal (2006), cuando Rivas nos pasaba por correo electrónico capítulos aislados en un orden que muy poco tuvo que ver con el montaje final de la novela. Esperábamos impacientes aquellos capítulos, que generalmente llevaban como asunto la etiqueta “Urxencias Rivas”, “Ultramarinos Rivas” o simplemente “Terranova”, palabra que anticipaba hace casi una década la que utilizó para bautizar a la librería de la familia de Vicenzo Fontana. Una lectura que nos permitió empaparnos de la atmósfera de la obra, contagiando un entusiasmo eufórico que alentó el proceso de edición. Lo mismo nos sucedió el año pasado con O último día de Terranova, que después de un “arresto domiciliario” de dos meses que Manuel Rivas se autoimpuso en Urroa, su casa de Vimianzo, cerró a finales del verano de 2015. El libro salió tal como lo fijó en un primer original completo, al que se le incorporaron algunas sugerencias de fijación textual que le hizo Dolores Torres París, a medida que iba traduciendo el texto al castellano. El hecho de que la traducción de Alfaguara apareciera de forma simultánea al original gallego obliga a una edición casi en paralelo, lo que implica que el autor tenga en cuenta las sugerencias de ambos editores al mismo tiempo.

La singularidad de la edición de O último día de Terranova fue la publicación unos pocos meses antes del libro de poemas A boca da terra, donde participamos muy activamente en la elección del título, para el que Rivas había manejado diversas posibilidades, entre ellas una que me gustaba mucho: Poemas de 21 gramos na báscula Ohio. Ambos libros comparten atmósfera y muchas palabras, incluso un aroma poético que contagió la escritura de la propia novela. También fue interesante el proceso de gestación de la cubierta que parte de una idea del propio Rivas, la imagen de una cabina telefónica llena de peces. Le propuse que fuese desarrollada por Xosé Cobas, un ilustrador muy conceptual con el que nunca había trabajado, que supo transformarla en un modo de pequeña torre iluminada, dialogando así con la ilustración de Camilo Díaz Baliño utilizada en Os libros arden mal. Me pareció un resultado óptimo.

D.C.: Usted es, sin dudas, un lector privilegiado de su obra. ¿En qué aspectos diría que hoy Rivas es el mismo que aquel muchacho de los años ´80 y en cuáles se transformó de alguna manera?

M.B.: El ADN de Rivas está en Ningún cisne (1989) y en A boca da terra (2015), en En salvaxe compaña (1994) y en O último día de Terranova (2015). Todas estas obras comparten una mirada preexistente sobre el mundo, sobre esa naturaleza insurgente que alcanza tanto a las personas como al resto de los seres vivos, o incluso a las máquinas y objetos humanizados. Todas estas obras, poéticas o narrativas, utilizan palabras que representan almas, acercan un valor iluminador al lenguaje, la literatura como una herramienta para fijar los principios de realidad, pero también para ordenar y cuestionar. Toda la obra de Rivas, desde aquella primera de los años ´80 y ´90 hasta la actual, reivindica la épica de los humildes y la rebelión de la propia realidad, como ha apuntado muy certeramente su amigo el escritor Xurxo Souto. Rivas lleva desde entonces procurando lo que denominó “a boca da literatura”, en el discurso de 2009 con el que entró en la Real Academia Galega, ese viaje que, cuando somos capaces de activarlo, leva en memoria intermitente. En toda la obra de Rivas late la propuesta de Walter Benjamin de que en cada época deben realizarse intentos para arrancar la tradición del conformismo que pretende dominarla. La lucha contra ese conformismo está en todas sus obras, desde aquella Mohicania (1986) a sus últimos artículos en el semanal de El Pais (2016).

El ADN de Rivas está también en su carácter de artesano de las palabras, que ya tenemos citado, en su obsesión por medir cada palabra, cada oración, cada frase, cada párrafo, cada página escapando de la retórica y de la cursilería. Quizás en ese trabajo estemos conociendo en los últimos años a un Rivas más austero en la expresión y emocionante en la composición narrativa. Los primeros capítulos de Todo é silencio (2010) o algunas páginas de O último día de Terranova (2015) pueden expresar esta madurez. Identifico como otra posible línea de progresión el interés más reciente de Rivas por la serie negra, muy presente en Todo é silencio, y por la literatura infantil y juvenil, donde arriesga por la línea del cuento de tradición oral.

D.C.: Volviendo a la editorial, ¿puede usted leer todos los libros que le llegan? ¿Cómo hace una selección entre los que usted mismo quiere “catar” y los que, tal vez, deja en manos de lectores que hacen un informe?

M.B.: Es obligación del editor asumir la lectura como una de sus prioridades diarias. A quien no le guste o no pueda cargar con esta tarea, no puede desarrollar con garantías nuestro oficio. Una pena que el editor no disponga siempre de todo el tiempo preciso para leer con detenimiento tanto los manuscritos recibidos como tantos otros textos que anhela. A pesar de nuestro activismo literario y de los trabajos de gestión, yo trato de leer todo lo que publicamos. En muchas ocasiones, lo hago después de contar con informes de lectura previos que encargamos o con el criterio de mis compañeros y compañeras de la editorial. La elección la hacemos en función de los criterios que fijamos para cada una de las colecciones. Lo que luego resulta más complejo es gestionar el calendario de publicación y organizar las salidas mensuales de modo que sean equilibradas y atractivas para nuestros públicos.

Xerais no tiene ese envidiable espíritu de editorial independiente que publica cada año la docena de títulos que le gustan a su editor. Lo nuestro siempre fue un proyecto generalista desde el inicio, donde tenemos el compromiso de preparar un oferta amplia y transversal de calidad. Por supuesto, cada libro es una apuesta y un riesgo que el editor debe asumir como propio. Estoy orgulloso de todos los títulos que publicamos, incluso de aquellos que no tuvieron fortuna comercial o que luego comprobamos que constituyeron un error inevitable de elección. El momento más doloroso para un editor es cuando tiene que enfrentarse con la realidad de un almacén desbordado por los títulos no vendidos y que sabemos que nunca más se van a vender, cuando tiene que comunicar al autor que sus ejemplares van a ser descatalogados o destruidos. Esa difícil asunción de un fracaso con consecuencias económicas es una situación decepcionante que no le deseo a nadie.

D.C.: ¿Cuántos autores (vivos) tiene el catálogo de Xerais? ¿Existe un protocolo de trabajo que es el mismo para todos los autores o se hace un trabajo de edición distinto para cada escritor?

M.B.: La cifra del catálogo de autores y autoras de Xerais supera el millar. Tratamos de adecuar el trabajo con cada uno de ellos en función de los tipos de edición, educativa, infantil, de referencia o literaria. En la editorial hemos fijado un procedimiento de trabajo basado en el seguimiento del proceso de edición, fabricación, promoción y comercialización. La creación editorial es una responsabilidad asumida por los coordinadores y coordinadoras de edición, que mantienen relación permanente con el autor, responsabilizándose de la fijación del texto con los correctores, de la preparación de la maqueta, de la introducción de correcciones y de la confección de la portada. La promoción es responsabilidad de Celia Torres, que se ocupa de preparar materiales de promoción y comunicación, de la organización de presentaciones, del diseño de anuncios y soportes publicitarios, de la relación con los medios y con la crítica, entre muchas otras tareas, como la coordinación cada año de los Premios Xerais. Nuestra comercialización y logística corresponde a CGA, la compañía del Grupo Anaya, propietaria de Xerais. Este proceso nos obliga a respetar algunas rigideces en los calendarios, sobre todo a anticipar mucho los procesos de creación editorial y de publicación de los metadatos con respecto a la aparición de las novedades en las librerías. Un proceso en el que hay que mantener contacto permanente con el autor, también en lo que refiere al aspecto contractual. Xerais apostó por una política de autores y autoras de catálogo. Pretendemos que la editorial sea un espacio profesional donde se sientan cómodos y apoyados, a pesar de que los recursos con los que contamos son reducidos. Nos multiplicamos todo lo que es posible, a pesar de lo escaso de los recursos.

D.C.: A pesar de las particularidades del caso gallego, hay jugadores con los que es necesario hacer malabares: el mercado, el autor y los objetivos propios de la editorial. ¿Qué tan bien se le dan los malabares?

M.B.: La del malabarista es una imagen que utilizamos continuamente en Xerais para representar nuestro trabajo. Si estás publicando unos sesenta títulos al mismo tiempo, haciendo unas quince reimpresiones por mes y media docena de libros en formato digital, no es difícil que algunas de esas bolas se caigan al piso. Si haces una media de veinte presentaciones y actos públicos cada mes en toda la geografía gallega, es imposible que el nivel de saturación de nuestro equipo de trabajadores y trabajadoras, apenas una docena de personas, no sea muy elevado. Y no olvidemos que la primera responsabilidad del editor es hacer viable y rentable empresarialmente nuestro proyecto editorial. Xerais continuará editando en la medida en que sea capaz de continuar siendo viable vendiendo sus libros. Todos sabemos que la edición es un negocio difícil, pero en Galicia es casi una fantasía, tanto por la dimensión pequeña de nuestro lectorado como por la falta de políticas públicas de lectura.

El admirado editor argentino Mario Muchnik tituló el primer volumen de sus memorias como Lo peor no son los autores. Pienso que expresaba estas dificultades de los malabaristas editores. Como siempre tengo presente lo que dijo en una entrevista nuestro admirado Isaac Díaz Pardo, el creador de Sargadelos y de Ediciós do Castro, cuando confesaba que como editor pasó toda la vida “limpiando mierdas y templando gaitas”. Un ejercicio de crudo realismo que también asumo. Ser editores en Galicia precisa un poco de todo esto: la fantasía y la persistencia de los soñadores, pero también la serenidad y la paciencia de los realistas.

D.C.: Imposible terminar sin hablar de Brétemas (https://bretemas.gal/), la bitácora que lleva hace once años a diario. Al editor Manuel Bragado ¿qué tal le parece el escritor Manuel Bragado?

M.B.: Brétemas nació a comienzos de 2005 con la intención de ensayar la prosa digital. Concebí la publicación en el blog como un juego. Y se convirtió para mí, otra carambola de la vida, en una forma de estar en el mundo, de expresar mi mirada, tanto como profesional de la edición y de la educación, como ciudadano gallego, como aficionado al cine o al fútbol o como persona curiosa que comparte su asombro diario. La escritura de Brétemas es rápida, breve, hipertextual e hipermodal. Intento que aquello que se pueda comunicar en un enlace evite un párrafo, lo que sé que es muy agradecido por los lectores y lectoras digitales. Como un ser vivo que es, no olvido que el blog precisa buscar nuevos nutrientes. Mientas pueda robarle ese ratito al ocio, intentaré continuar escribiendo y aprendiendo en el blog. Me dio muchas satisfacciones. Otra cosa es mi actividad periodística en Faro de Vigo, donde mantengo la sección semanal “Campo de Granada”, de temática cultural y política, con atención especial al Vigo metropolitano, y el quincenal “Campo do Fragoso”, de crónicas futbolísticas celestes. Dos espacios donde pretendo ofrecer en lengua gallega mi opinión y mi afán didáctico y divulgador sobre nuestro tiempo.

Cita sugerida: Bragado, M., Campos, D. (2015). Entrevista con el pedagogo y editor Manuel Bragado: Manuel Rivas y la visibilización de la literatura gallega. Olivar, 16 (24). Recuperado de http://www.olivar.fahce.unlp.edu.ar/article/view/Olivar2015v16n24a09

Onte 1682: Sabino Torres, decano dos editores galegos

Sabino_TorresSentín o pasamento onte de Sabino Torres, o decano dos editores galegos en activo, o fundador da colección Benito Soto e actual responsable de Hipocampo Amigo. Hai dous anos comentabamos a publicación das súas memorias, Crónicas dun tempo escondido. Pontevedra 1930.1960, nas que con grande elegancia e detalle reconstrúe a historia social e cultural pontevedresa da República e de posguerra, cando a imprenta Torres do seu pai foi o centro da dinamización xornalística e literaria da boa vila. Sabino pasará con letras douradas á historia da edición galega pola proeza da colección de poesía que creou con Celso Emilio Ferreiro en 1950, que pretendía ampliar á narrativa e ao ensaio, anticipándose a fundación da editorial Galaxia. Sabino Torres conservou sempre o seu espírito de editor emprendedor e na última década tivo azos para continuar publicando libros de poemas, a actividade que sempre máis lle gustou. Entusiasta, algareiro e destemido deixa unha pegada de amizade e xenerosidade que dificilmente esqueceremos.

Nova praza do Progreso

Dedico o artigo da semana en Faro de Vigo á inauguración do novo mercado municipal do Progreso.

mercado-del-progreso-1903-1

Non podo agochar a miña ledicia pola reapertura a pasada semana do histórico Mercado Municipal do Progreso. Tras cinco anos de obras interminables na reforma integral do edificio, resistindo contra vento e marea nun galpón envellecido, coincidindo cos anos máis ruíns da crise comercial, os afoutos e esquecidos praceiros do Progreso (pescantinas, carniceiros, charcuteiras, queixeiras, froiteiras, panadeira e floristas) abriron unhas novas e magníficas instalacións comerciais nun espazo emblemático que tivo sempre vontade de ser praza, lugar de encontro e referente da veciñanza do Vigo vello.

Coa súa arquitectura luminosa e os seus novos servizos –dende un cómodo aparcadoiro de oitenta prazas, consigna frigorífica, wifi, ascensor, escaleiras mecánicas, ampla cafetaría, reparto a domicilio, venda en liña (no futuro) e horario prolongado– a nova praza do Progreso adáptase a cultura comercial do noso tempo, sen perder unha miga do seu espírito de mercado tradicional que aposta polos produtos frescos de tempada e pola atención persoal.

No caso da praza do Progreso non podo ser nin imparcial nin obxectivo. Crieime alí, entre os arrecendos da bancada de froitas, legumes e hortalizas, primeiro da miña avoa Maruja e despois de miña nai, hoxe xa xubilada, que traballaron no Progreso como praceiras durante case medio século. Estou convencido que parte esencial da miña educación emocional foi adquirida nas moitas horas que durante a miña nenez pasei no longo corredor da planta baixa daquela praza case centenaria de inequívoca aparencia parisina na que fun agarimado polas tetilleiras e froiteiras, naquel asombro continuo entre o bulebule de xentes, onde se despregaba a vida máis xenuína do Vigo popular ao que pertenzo.

A “praza”, que era como a chamaban as persoas que alí traballaban e acudían, fora inaugurada o primeiro de outubro de 1906. Construída polo arquitecto Jenaro de la Fuente, a partir dun anteproxecto, que en 1901, presentara Benito Gómez Román, o edificio da rúa Circo constituíu unha fermosa peza da arquitectura civil, modelo de combinación harmónica do granito co ferro, moi parella da pescadaría da Laxe. Ambos os dous mercados, que compartían tipoloxía construtiva, mesturando elementos modernistas con arcos de ferradura, decorados con adornos orientalizantes, foron dúas vítimas da máis nefasta etapa “desarrollista” do alcalde Portanet que arrasou con tantas pezas valiosas do patrimonio municipal. Imaxinan o valor arquitectónico que podería ter hoxe un mercado de fasquía semellante ao do Borne barcelonés a menos de cen metros da rúa do Príncipe ou no mesmo corazón das Avenidas?

Oín falar a miña avoa da ampliación do mercado do Progreso, realizada a comezos dos anos cincuenta; unha reforma que, sen dúbida, o afeou, eliminando o parque e o arboredo que o rodeaba, onde se celebraban as feiras das señoras da aldea todos os mércores e sábados. Logo, hai corenta anos, vivín todos os avatares do seu derrube, e o lamentable trasego de vendedoras e clientas aos galpóns improvisados do outeiriño do Campo de Granada e despois, durante bastantes anos, a outros “provisionais” na aba do Castro, onde hoxe está situado o busto que recorda ao poeta Celso Emilio Ferreiro.

Coa construción dun edificio de vivendas e a inauguración doutras instalacións, a mediados dos anos oitenta, o pulo comercial da praza do Progreso minguou. O cambio das formas de vida, a perda de residentes no centro, a aparición dos hipermercados e das cadeas de alimentación e o desinterese do propio concello por manter as instalacións atractivas levouno a unha lenta agonía. Con todo, o mercado do Progreso renaceu das súas cinzas polo esforzo humano e económico dos seus praceiros e praceiras que dende 1994 asumiron a responsabilidade da súa xestión e modernización radical, o que dende entón supuxo para eles moitos crebacabezas e algunhas longas desputas xudiciais. Problemas aos non foron alleos tampouco as vacilacións e trasacordos das diversas corporacións municipais e gobernos, ás que moito custou apostar polo Progreso tal como os seus vendedores e clientes demandaban.

Por ventura, a historia de precariedade da praza do Progreso nas últimas catro décadas debera rematar para sempre. Este novo e luminoso mercado municipal autoxestionado polos praceiros está chamado a transformarse no corazón comercial do Vigo vello, moito máis cando sexa arranxada a praza superior da Ronda de don Bosco, un espazo público de máis de sete mil metros cuadrados (toda unha alfaia no centro urbano) que merece o maior agarimo por parte do concello de Vigo. Recomendo moi vivamente volver a cultura do mercado tradicional como unha forma de humanización e consumo responsable. Parabéns os heroes e heroínas da nova praza do Progreso!!!

Cluny desaparecido

No artigo da semana no Faro de Vigo lamento o derrubo do edificio de Cluny do arquitecto Antonio Cominges.

clunyO edificio do colexio Cluny da Gran Vía, proxectado en 1929 polo arquitecto vigués Antonio Cominges Tapias, acaba de ser derrubado a gran velocidade. Unha peza histórica menos e outro capítulo máis para ese groso volume da arquitectura do século XX desaparecida nunha cidade un chisco desmemoriada e pouco reflexiva. A sociedade Ballesol –que se quedou con esta propiedade da Sareb (o banco público “malo”), que a súa vez lla rescatara á (desaparecida) Caixa de Aforros, tras os impagos do préstamo que lle concedera á inmobiliaria do futbolista ruso Valery Karpin para un proxecto residencial e comercial, que con anterioridade lla comprara a Inversiones Canaima– construirá unha residencia xeriátrica para 110 maiores, con cinco plantas na fachada de Gran Vía (retranqueada vinte metros da rúa) e sete na de Hernán Cortés, o que, sen dúbida, modificará de xeito notable esta parcela do número 10 de Gran Vía.

Despois de quince anos do traslado do antigo centro escolar á Estrada Provincial, despois de proceso tan rocambolesco e complexo de vendas e compras (en plena crise do sector inmobiliario e do rescate das caixas de aforro), foi a aprobación do Plan Xeral de 2008, quen rematou coa longa polémica urbanística e xurídica sobre o alcance da catalogación da parcela do vello Cluny como “dotacional educativa” suavizando a catalogación a “outros usos dotacionais” e incorporando unha cautela de protección, que deixaba a decisión definitiva sobre o seu grao de conservación a criterio da Comisión de Seguimento do Plan Especial de Edificios a Conservar (PEEC). Comisión que primeiro concedeulle unha protección preventiva, mais que despois, tras unha consulta formulada pola actual propietaria á Xerencia de Urbanismo, retiroulla xustificando que “o proxecto orixinal de Cominges fora desvirtuado e sucesivas obras posteriores aínda lle restaran máis valor”. Quedou así expedita a posibilidade do derrube e a concesión da licenza paradoxicamente moi pouco antes de que o mes pasado fose derrogado o Plan Xeral na súa totalidade.

Segundo Xaime Garrido e Xosé Ramón Iglesias, o edificio de Cluny, cuxa construción rematou en 1931, seguiu o proxecto orixinal de Cominges no corpo lonxitudinal, concibido para uso escolar e residencia da comunidade de relixiosas, pero foi reformado en 1943 polo arquitecto Fernando Molíns Soto no que atinxe á fachada da capela e a construción (por certo, pouco afortunada) da cuberta da terraza. A do colexio Cluny foi unha das primeiras mostras da arquitectura escolar da cidade, continuando coa renovación que José Franco Montes introducira no Colexio Apóstol dos xesuítas no predio de Bellavista e anticipando as que Jenaro de la Fuente introduciría en 1931 nos grupos escolares públicos de Picacho e Granxa de Peniche, hoxe desaparecidos. O colexio de Cluny, ademais, foi o primeiro gran inmoble construído no primeiro tramo da Gran Vía, entre Urzaiz e o Couto, razón pola que gardaba unha aliñación distinta dos demais, construídos durante a posguerra, desta rúa do ensanche trazada por Ramiro Pascual e aprobada polo concello de Vigo en 1907.

Antonio Cominges deseñou un edificio funcional, renunciando a súa decoración de espírito rexionalista e a utilización do granito como material construtivo, tan característica doutras obras súas, como as do Fogar e Clínica San Rafael da rúa Tomás Alonso, o edificio de vivendas de Colón 10, o chalet de Enrique Lorenzo da Praza de España ou o edificio de vivendas de Gran Vía 4 e 6. Plenamente consciente do que pretendía, na edificación de Cluny o arquitecto Cominges procurou sobre todo a luz e a eficacia como características das máis avanzadas construcións escolares da década de 1930, impregnadas do aroma da renovación que pouco despois suporía a chegada á cidade da arquitectura racionalista.

A desaparición de Cluny, que por ventura coincide coa recuperación integral dun edificio de Jenaro de la Fuente na Porta do Sol, supón un paso atrás na política viguesa de protección do patrimonio construído do século XX, que fora capaz de parar os derrubes dos edificios a conservar. É, tamén, o fracaso da iniciativa pública incapaz de ofrecer un proxecto alternativo que permitise conservar un edificio valioso e manter a súa catalogación como equipamento educativo. Mesmo a pesar de que se propuxeran usos tan viables como escola de educación infantil (non esquezamos que na rúa Hernán Cortés mantéñense tres aulas públicas nun baixo) ou como Escola de Arte Dramática. E, se isto non abondase, con este derrube ábrese un precedente para outros inmobles en proceso de inevitable ruína e degradación, como os da Panificadora ou os do Barrio do Cura, que coma sucedeu cos de Cluny non é difícil afirmar “que perderon a pegada do seu arquitecto” e da súa fasquía primixenia.

Nadaliñas

Dedico o artigo da semana en Faro de Vigo ao nadal galego:

m2sebastianrisconadalinhas000Cada ano recibimos por correo postal menos nadaliñas. Sabemos que é outro dos efectos inevitables da hibridación da comunicación contemporánea na que os soportes impresos, como estes cartaces concibidos para agarimar ás amizades con motivo das celebracións de Nadal e Fin de ano, son substituídas de forma progresiva por imaxes dixitais enviadas polos procedementos da mensaxería instantánea que lemos nas nosas pantallas. A perda do costume de enviar nadaliñas impresas diminúe de forma inevitable tamén a utilización dos textos manuscritos que coa autenticidade da súa caligrafía tinguían emotivamente cada un destes nosos mellores desexos e angueiras compartidas.

Nadaliñas, así chamaban ás felicitacións de Nadal os galeguistas nos anos da ditadura, que decote acompañaban os seus parabéns coa reprodución tipográfica de versos dalgunha panxoliña, fose da tradición popular, como as reunidas por Sebastián Risco no libro “14 Nadaliñas 1958-1973” (Ediciós do Castro 1973), ou fose de corte laico, social e político, con textos que ao seren destinados ao uso privado non estaban suxeitos aos rigores da censura. Cartaces, ademais, nalgúns casos graficamente valiosos, xa que a pesar de que a maioría reproducían imaxes tópicas do nadal, noutros, como os que Álvaro Álvarez Blázquez encargaba a pintor Urbano Lugrís para a súa reprodución na Serigrafía Galega, constituían obras de deseño xenial que agora incluímos no repertorio da mellor artesanía dos agarimos.

Festas de nadal da tradición cristiá que se corresponden coas saturnais romanas, tempo de fartura e agasallos para os nenos, cando as prohibicións quedaban aparcadas e mudaba mesmo a orde social, de tal xeito que os amos servían aos escravos. Festas que se corresponden coas celtas do Yule, cando os druídas cortaban o acivro e sacrificaban dous bois brancos, nuns días onde os reinos dos vivos e dos mortos entraban en comunicación. Festas que coinciden coas datas do solsticio de inverno, que do 20 ao 23 de decembro celebra a noite máis longo do ano, a partir da que moi amodiño a luz do sol comeza a aumentar a súa intensidade e a natureza, onde a vida está contida apenas como unha promesa, inicia devagariño a súa recuperación. Festas que tanto na tradición relixiosa ou na pagá celebran o remate da escuridade e o renacemento cíclico da vida e da luz representadas nas nosas cidades e camiños polas árbores iluminadas.

Na tradición mítica galega os trece días e as trece noites que van desde a Noiteboa até a noite da Epifanía constitúen un tempo sagrado, onde non hai maxia nin bruxedo que teña efecto, xa que como sinala Antonio Reigosa “todos os meigallos que se intentan nestes días e noites fracasan, ou deberían fracasar, sen remedio”. O costume perdido do acendido na lareira do Tizón, Tallo ou Lume Novo na noite do 24 de decembro procuraba sorte para a casa no tempo que recomezaba un novo ciclo solar, como tamén o aproveitamento das súas cinzas servía como prevención contra o mal de ollo, as doenzas e os perigos para todos os seus membros, fosen persoas ou animais. O Nadal, tal como o celebramos en Galicia, supuxo a cristianización dos ritos que as culturas tradicionais agrarias estableceron para as mudanzas provocadas no solsticio de inverno. Días de banquetes e felicitacións, tempo de agasallos do apalpador ou dos reis que forman parte do ritual de benvida a un tempo novo que agardamos sexa farturento e feliz. Eis a tradición musical de manueles e aguinaldos, que na área metropolitana viguesa adopta a forma de desfile de ranchos de reis, agrupacións que co seu chascarraschás de ledicia contaxiosa abren cada ano novas ilusións e anuncia polas nosas rúas novas esperanzas.

Xaora, a pesar da secularización da sociedade urbana actual e da diminución da influencia da igrexa católica sobre os comportamentos individuais, no que levamos do século estas festas solsticiais de Nadal non perderon a súa centralidade como factores cohesionantes dos grupos familiares, que aproveitan estas datas para xuntarse e intercambiar agasallos, un xeito simbólico de fortalecer e expresar a continuidade dos seus afectos e minimizar as súas inevitables diferencias e desacordos. Necesidade de cohesión das familias, mais tamén de grupos de amizade, deportivos ou de traballo, transformada en febre consumista, á que cómpre facer fronte con paciencia e cos criterios do consumo responsable e, sempre que sexa posible, en clave galega.

Nestas nadaliñas nas que compartimos azos e esperanzas da continuidade de vida, non podemos esquecer a todas as persoas que sofren, as que viven na precariedade, as que padecen os efectos da violencia, da inxustiza, da desigualdade e de todas as doenzas que as privan dos seus dereitos. Bo Nadal e que a estrela dos afectos sexa a que nos guíe!

Mañá cando me maten

No artigo da semana en Faro de Vigo a lembrar aos cinco fusilamento sod 27 de setembro de 1975 e a exixir a reparación que merecen as vítimas e as súas familias.

27septiembre1975Non pasaron desapercibidas para os lectores de “Faro de Vigo” as esquelas publicadas a pasada fin de semana e contratadas por subscrición popular con motivo do corenta cabodano do fusilamento en Hoyo de Manzanares dos mozos galegos Xosé Humberto Baena Alonso e Xosé Luis Sánchez-Bravo Solla, xunto ao catalán Ramón García Sanz, e aos vascos Jon Paredes Manot Txiki e Ángel Otaegui Etxeberria, membros do FRAP e ETA. Como tampouco pasaron desapercibidos os valados que reclaman “verdade, xustiza e reparación” como vítimas que foron da Ditadura, ao tempo que denuncian estas derradeiras execucións do franquismo, tras catro procesos militares sumarísimos, realizados sen garantías xurídicas, que concluíron coa petición de once penas de morte, apenas dous meses antes do pasamento de Franco, mesmo a pesar da mobilización da sociedade internacional, incluído o intento de mediación in extremis do papa Pablo VI. Esquelas, valados e un acto de homenaxe en Pereiró que neste corenta aniversario exixen a anulación daqueles xuízos e o remate da impunidade para os seus responsables.

A recente publicación do libro de Carlos Fonseca “Mañana cuando me maten” (La Esfera de los libros, 2015), presentado en Vigo hai unhas semanas, foi esencial para a reconstrución fidedigna dos acontecementos e do contexto político e social que levaron a aquel fatídico 27 de setembro de 1975. O autor das “Trece rosas rojas” (2004) utilizou os procedementos do xornalismo narrativo, alicerzado sobre unha rigorosa investigación documental, até onde o acceso aos arquivos militares lle foi permitido, xa que aínda non se pode dispór nin dos textos íntegros das causas nin das sentenzas, clasificadas como “secretas”. Mais tamén, recabou información en longas conversas cos procesados que salvaron a vida, cos familiares, amigos e letrados defensores das vítimas, e cos xornalistas asistentes aos xuízos e ás execucións. Materiais cos que construíu un relato co que intenta achegarse á verdade do sucedido naqueles derradeiros meses do tardofranquismo. Afonda así con delicadeza nunha dolorosa ferida que, como outras relacionadas coa Ditadura e coa Reforma Política, sabemos aínda non foi curada. Xaora, o libro de Fonseca amosa que cometeran ou non os delitos polos que foron condenados, non hai dúbida que os cinco fusilados foron vítimas dun simulacro de xustiza militar que os sentenzou antes de xulgalos. Como tamén o é que as probas que os incriminaron nuns casos se obtiveron por torturas noxentas e noutros foron manipuladas, privándoos, como se comproba nos relatos dos xuízos, das mínimas garantías de defensa.

É inevitable que na reconstrución daqueles feitos nos produza particular interese as historias dos galegos Baena e Sánchez-Bravo, dous rapaces que estudaran no Instituto Santa Irene e viviron o fulgor daquel Vigo revolcado de comezo dos anos setenta como membros do Partido Comunista Marxista Leninista e máis tarde en Madrid dos grupos do FRAP.

No de Xosé Humberto Baena foron decisivas as testemuñas da súa irmá Flor, que ao longo destas catro décadas defendeu a súa inocencia e nunca perdeu a esperanza de acadar a reparación para el, até chegar a acudir ao Tribunal de Dereitos Humanos da ONU. Mais tamén foron decisivos o diario do seu pai Fernando, que recolle con moito detalle aquelas xornadas terribles, e os textos escritos por Baena en Carabanchel días antes da súa execución, como lle suxerira a súa tía Carlota, nos que expresa a súa desesperanza. É estarrecedor o titulado “El reloj”, no que expresa a súa loita contra o tempo e a súa convicción de que o ían matar. Como conmovedoras son a narración das torturas ás que foi sometido, as referencias as lecturas dalgunhas novelas, as súas lembranzas dos días nos que traballou na fábrica de Fumensa e, sobre todo, a carta de despedida aos seus pais, escrita o día anterior a ser fusilado, na que lles achega azos e solicita que fagan todo o posible para levalo a Vigo. O que resultou moi difícil para a súa familia, á que unha vez chegado o féretro a Pereiró, se lle impediu sequera poder velalo.

O relato de Xosé Sánchez-Bravo, veciño de Vincios e estudante de Químicas no CUVI, queda vencellado ao de Silvia Carretero, a moza que coñeceu cando fuxiu a Madrid e coa que casou en maio daquel ano 75. É tristísima a narración que fai a súa irmá Victoria da noite anterior á execución, na que foi visitado por ela e pola súa nai e na que por fin puido ver durante unhas horas a súa dona embarazada, daquela presa en Yeserías.

Como sinala o propio Carlos Fonseca, tras catro décadas, non abonda só con evocar o ocorrido aqueles días de setembro de 1975. É imprescindible, tamén, abrir as cancelas xurídicas e revisar aqueles catro procesos. Juan Gelman ben o dicía: “o contrario do esquecemento non é a memoria, senón a verdade”.

Onte 1440: «Mañana cuando me maten»

principal-portada-manana-cuando-me-maten-es_medLin estremecido, case dunha sentada, Mañana cuando me maten, o libro de Carlos Fonseca sobre as derradeiras execucións do franquismo hai corenta anos. Utilizando os procedementos do xornalismo narrativo, que aproveita os recursos da ficción para contar unha historia real, Fonseca reconstrúe os acontecementos que levaron a aquel 27 de setembro de 1975 no que fusilaron a dous jichiños vigueses, Xosé Humberto Baena e José Luís Sánchez Bravo, xunto a Ramón García, Jon Paredes Manot Txiki e Ángel Otaegui, loitadores antifranquistas, membros do FRAP e ETA, vítimas dun simulacro de xustiza militar que os sentenzou antes de xulgalos. Particular emoción produciume o relato de Baena, baseado nas testemuñas da súa irmá Flor, no diario do seu pai Fernando e nos textos escritos en Carabanchel días antes da súa execución. É tremendo «El reloj», conto no que expresa a súa loita contra o tempo e a súa convicción de que o ían matar. Como conmovedoras son as súas lembranzas dos días nos que traballou en Fumensa recollidas nunha das cartas escritas unha semana antes de ser fusilado.

Polo seu rigor documental e fondura na investigación histórica (até onde o acceso aos arquivos lle foi permitido ao autor), coma pola fluidez do relato, o libro de Fonseca supón un achegamento á verdade do sucedido aqueles derradeiros meses do feroz tardofranquismo, mais tamén unha reclamación de revisión xudicial daqueles catro consellos de guerra carentes de calquera tipo de garantía xurídica. Fonseca lembra que o poeta arxentino Juan Gelman dicía que «o contrario do esquecemento non é a memoria, senón a verdade». Razón pola que xa non abondaba con evocar o ocorrido naqueles días de setembro de 1975, é imprescindible abrir as cancelas que agochan aquela historia que estaba aínda por contar. Un libro que afonda naquela ferida, aínda sen pechar. Recoméndoo moi vivamente.

Produtos galegos

No artigo semanal de Faro de Vigo (incompleto por un erro na versión enviada ao xornal) reflexiono sobre a soberanía alimentaria e a corresponsabilidade dos consumidores e consumidoras galegos.

mercado_progresoMiña avoa e miña nai foron praceiras do mercado do Progreso onde venderon durante décadas froitas e verduras. Desde novos aprendimos alí que os produtos do país e da casa eran os máis valorados e preferidos polas clientas. Os grelos, os repolos, os pementos, as xudías, as escarolas, os tomates, as cebolas e as patacas, presentadas nas patelas, eran sempre da aldea. As mazás, fosen tabardillas, reinetas ou de louriñales, as pavías, os pexegos, as ameixas, as peras de san xoán, as cereixas, as castañas e as noces eran sempre do país. Como os ovos e os chourizos eran sempre da casa, a tetilla do país, o marmelo artesán e a manteca de confianza. Denominacións todas que expresaban a calidade e orixinalidade dos produtos da nosa horta, cuxa orixe en moitas ocasións estaba en pequenas explotacións familiares das parroquias viguesas, que mércores e sábados acudían á feira. Daquela, cando Portanet e Ramilo gobernaban en Vigo, nos anos da ditadura e da resistencia, nos mercados municipais do Progreso, Berbés, Travesas, Calvario, Teis e Bouzas, onde se realizaba a compra diaria, conservábase intacto o aprezo polo propio, polos produtos alimentarios do país.

Porén, desde hai máis de tres décadas está en marcha un proceso imparable de liberalización do comercio mundial de alimentos que levou á deslocalizar e intensificar a produción e a desestacionalizar o consumo dos produtos agrarios. Un proceso que no marco das mudanzas das formas de vida e do consumo urbano foi substituíndo o modelo de compra diaria no mercado de produtos frescos polo de compra semanal ou mensual no supermercado ou grande superficie. Hoxe os consumidores galegos, como o resto dos privilexiados do primeiro mundo, temos a posibilidade de adquirir, sen importar nin a súa orixe nin cando foi producido, calquera tipo de alimento fresco (sexan pementos de Padrón producidos de Almería, xudías de Marrocos, mazás de Chile ou amorodos de Palos en pleno inverno), conxelado (sexan produtos naturais ou xa precociñados) ou envasado (sexa auga mineral australiana ou espárragos chineses ou peruanos). Sen esquecer, que neste período mundializouse o mercado de produtos alimentarios básicos, como o da soia, o café ou o leite, con consecuencias funestas para os seus produtores, sometidos ás flutuacións de prezos e os intereses das corporacións transnacionais que monopolizan a súa distribución e pretenden a súa desregulación total.

Un proceso de reconversión alimentaria que na Unión Europea obrigou á desaparición das pequenas explotacións agrogandeiras e a súa substitución por outras de dimensións industriais. Unha dinámica que en Galicia leva arruinadas xa 150.000 explotacións e supuxo abandonasen esta actividade 350.000 persoas. Crises como a actual do sector do leite, que afecta a todos os produtores europeos e pode arruinalo de vez en Galicia, constitúen apenas a punta do iceberg deste modelo intensivo de produción alimentaria, que no noso país tanto ten contribuído ao despoboamento do medio rural. Un modelo, xaora, que non o esquezamos, é incapaz de proporcionar alimentos para toda a poboación mundial e ameaza a saúde do planeta no seu conxunto, polo incremento da emisión de gases de efecto invernadoiro provocado pola deforestación e o consumo de combustibles fósiles. Un modelo de produción agrícola, pois, insostible e inxusto, incapaz de atallar a fame e a pobreza, ao que dende hai vinte anos, tras o cumio mundial da alimentación da FAO en Roma, se ofrece como alternativa o da soberanía alimentaria, baseado no dereito que ten cada país de producir os seus alimentos no marco do seu desenvolvemento sostible e da súa seguridade alimentaria.

Nesa tendencia de recuperación da soberanía alimentaria, que madia leva non nega a posibilidade do comercio internacional xusto de alimentos, cómpre acadar unha relocalización da produción e a súa distribución en cada un dos mercados locais. Unha tendencia soberanista cada vez máis potente en todos os países da Unión Europea, onde se promove e privilexia en todos os puntos de venda (e sen ningún tipo de complexos) o consumo de produtos propios, frescos, naturais e de tempada, que non son outros que aqueles chamados do país ou da casa no tempo das nosas avoas. Consumir leite, auga ou cervexa galegas; comprar os produtos frescos da nosa horta e os peixes e mariscos das nosas lonxas; apoiar os nosos produtos con indicación xeográfica de calidade (queixos, mel, carnes, viños, hortalizas…) é unha expresión de autoestima, un xeito de facer país. Consumir produto alimentario galego, sexa natural, envasado ou conxelado, máis aínda se está etiquetado na nosa lingua, é unha forma de corresponsabilizarnos co noso futuro e contribuír á recuperación do medio rural galego. Apoiemos os produtos do país.